
Cuando era chiquito aprendí dos cosas sobre China: la primera, que el platillo típico chino era el chop suey y la segunda, que la capital se llamaba Pekín. A una edad razonable descubrí que el chop suey fue inventado en California y que en China ni lo conocen; del nombre de la capital empecé a dudar cuando anunciaron que las olimpiadas de 2008 se realizarían en la ciudad de Beijing. No sabía si se referían a una ciudad china desconocida para mí o si le habían cambiado de nombre a la capital sin molestarse en avisarle al resto del mundo, pero la duda se fue haciendo cada vez más grande con el paso de los meses y el constante aumento de la publicidad relacionada con la justa olímpica, así que lo primero que hice al llegar a la capital china fue preguntar cómo se llama. Una vez recuperado mi equipaje –y recuperado del esfuerzo de buscar mi maleta entre un mar de personas de todos los países, distribuida en un sinnúmero de bandas giratorias de todos los tamaños, abordé al primer chino que tuve frente a mí y le sorrajé la pregunta de los 64 000 yuanes. Como el chino resultó ser el corresponsal japonés de un diario deportivo, me dirigí a una cabina donde bolean el calzado y pregunté, en inglés, por el nombre de la ciudad. Obtuve varias respuestas al mismo tiempo, algunas provenientes de los boleadores y otras de los boleados, pero como nada de lo que decían sonaba ni remotamente parecido a Pekín o a Beijing, asumí que no me habían entendido y continué mi camino hacia la calle, dejando para mejor ocasión y lugar mi investigación.
Siguiendo las instrucciones que me dio un amigo que ha estado en China varias veces, salí caminando del aeropuerto para tomar un taxi en la calle. Igual que en los aeropuertos de México, tomar un taxi en el aeropuerto de Pekín –vamos a llamarle así por el momento– sale más caro que comprar un coche usado, cuando tomar uno en la calle resulta hasta barato, con la ventaja de que en Pekín no corres el riesgo de amanecer encajuelado en algún lugar de Iztapalapa. En fin, que paré un taxi que pasaba por ahí y al subirme el chofer me pasó un teléfono celular, en el que una voz femenina me preguntó en un inglés perfecto con acento británico a dónde quería ir. Le dije que tenía una reservación en el Leo Hostel –a menos de un
kilómetro de la plaza Tiananmen y de a 5 euros la noche en habitación compartida con otros tres pelados aún por conocer– y ella me pidió que le regresara el teléfono al chof. Sin decir palabra, el taxista me condujo por las atestadas calles de Pekín, que todavía no acababa de tornarse en la región más transparente del aire como lo prometieran en su momento las autoridades chinas, y que tiene un tráfico como el del DF en horas pico. Afortunadamente, el chofi era un digno representante del gremio y, metiéndose por todo tipo de atajos y callejoncitos, me depositó enfrente de mi modesto hostal en un tiempo récord de treinta y cinco minutos, por la mínima cantidad de 20 Re Mi Bis (yuanes), que vienen siendo como treinta pesos mexicanos.
Esta es la tercera vez que cubro un evento deportivo especial; he ido a dos mundiales (Japón-Corea y Alemania), pero esta es mi primera olimpiada. Asistí a los mundiales como enviado especial de la revista especializada en futbol El Clásico Pasesito a la Red, que se negó en esta ocasión a patrocinar mi aventura oriental luego de la penosa descalificación del equipo tricolor. Sin embargo, la unión de tres poderosos medios alternativos –El Chamuco, El Sendero del Peje y El Ocservador– que sucumbieron ante la tentadora oferta de que yo comprara mi propio pasaje de avión con millas de tarjeta de crédito, a cambio de que ellos me consiguieran la acreditación y me cubrieran lo de los viáticos –como soy de sector popular, salgo baratito–, hizo posible el viaje.
Una vez instalado en mi habitación del Leo Hostel, bañado, más o menos descansado y bastante hambreado, salí a la calle en busca de algún lugar donde comer. A pesar de la acelerada modernización de la capital china, los precios de la comida y de los servicios todavía son bastante razonables. Un amigo me contaba que en ciudades como Shanghai los precios pueden ser ridículamente altos –ocho dólares por un café americano pinchón, me dijo–, pero que en el resto de China encuentra uno de todo –en las provincias y en el campo especialmente–, las cosas en general son bastante baratas y los salarios también bastante bajos. El lugarcito al que me metí a mover el bigote era una especie de sótano, oscurón y apretujado de nombre ilegible, en el que no había muchos comensales. Sin que yo tuvie
ra que ordenar nada, los platos empezaron a llegar a mi mesa a manos de un viejito chino, de trenza blanca hasta la cintura y toda la cosa, que fumaba incesantemente sin miedo a ningún reglamento anticancerígeno. Después de que lo primero que me metí a la boca (algo que parecía un huevo cocido de color amarillo verdoso) se me quedara pegado en el paladar durante algunos minutos, decidí ser más cauteloso con el resto de los platillos. Fuera del arroz y el té, no sé hasta el momento qué fue lo que ingerí (de una cazuela de champiñones emergió, en cierto momento, una especie de pollo negro), pero estuvo bastante bueno y abundante. Caminé hasta la plaza Tiananmen (de cuyas masacres no quería acordarme) y deambulé durante un rato por los alrededores de la Ciudad Prohibida, hasta llegar al punto en donde debería encontrarme con la persona que supuestamente me entregaría mi acreditación para la inauguración en el magnífico estadio olímpico conocido como El Nido. Como el fulano contactado semanas atrás por internet por un conocido de Federico Arreola, jamás apareció, tuve que regresar al Leo Hostel con la panza todavía llena, maldiciendo en español y en chino al mismo tiempo y con la urgencia de conseguir un pinche boleto para el evento más solicitado del mundo entero. Afortunadamente para mí, el mexicano mundialmente conocido como Chuy resultó ser un estuche de monerías; llevaba meses viviendo en Pekín, negociando una especie de tratado de libre comercio con una asociación de comerciantes chinos, a los que planeaba comprar ropa y calzado para surtir tiendas en el DF y Guadalajara, si estos a su vez le compraban productos mexicanos que iban desde molcajetes y escobas (no de las de plástico sino de las de carrizo) hasta mole poblano y productos alimenticios misceláneos. Luego de oír mi triste historia, Chuy le llamó por celular a uno de sus contactos chinos y, en menos de media hora, el asunto estaba arreglado. Al día siguiente, por la mañana, iríamos a un hútòng (callejones tradicionales que eran muy comunes en Pekín y que hoy se encuentran en peligro de extinción) para encontrarnos con un amigo de su amigo, que algo tenía que ver con alguien que trabajaba en el estadio olímpico y que tenía un par de boletos a la venta. Chuy vendría conmigo para enseñarme un poco de la ciudad y evitar que el revendedor me viera la cara de chino o, más bien en este caso, de mexicano. Aliviado, a pesar del cambio de horario, la llegada de los holandeses borrachos a las tres de la mañana y la cena que aún permanecía intacta en mi tracto digestivo, dormí a pierna suelta.
Aprovecho esta pausa para comentar a los lectores que las fotos que acompañan este reportaje ilustrado son escasas y malas, debido a que mi cámara fue robada unas horas después de pisar territorio chino. La culpa fue mía en parte, pues le pedí a un fulano que me tomara una foto en
el Palacio Imperial, y le dije que se hiciera para atrás hasta que saliera todo el edificio en el cuadro, y tan atrás se hizo el cabrón que cuando se echó a correr jamás lo puede alcanzar. Así que tuve que pedir a colegas, compañeros de cuarto y turistas en general me compartieran algunas de sus fotografías, en lo que me compro otra camarita… o en lo que algún despistado me pide ayuda para que le tome una foto. Tarde me vine a enterar que en Pekín hay que andarse con cuidado, que sí hay robos, asaltos y secuestros, que a los taxistas se les olvida prender el taxímetro y te cobran el doble o el triple de la tarifa real y que hay billetes piratas de 50 y 100 remibis circulando alegremente por la ciudad. En una casetita de información para turistas me dieron un tríptico en el que sugieren anotar el número de serie de los billetes con los que vas a salir ese día a la calle, por si algún taxista o mesero te lo quiere cambiar por un billete patito. Las habas, pues, se cuecen en México y en China.
Por la mañana, Chuy, que para entonces además de mi hermano se había convertido en mi protector y guía de turistas, me llevó a desayunar a un restaurante mexicano ubicado en el corazón de lo que parecía ser la versión china del barrio de Tepito. El dueño del restaurante El Azteca es un poblano llamado Juan (obviaré las bromas sobre la comida china-poblana por facilonas), que llegó a Pekín hace un par de años para estudiar chino y decidió probar suerte poniendo una fondita que, dadas las condiciones y las distancias, sirve algunos platillos mexicanos más auténticos que otros que he probado en Los Ángeles, San Antonio y Chicago, y unos chilaquiles bastante decentes, que nos empujamos con unas reparadoras coronitas heladas. Después del memorable atracón digno del “Jamaicón” Villegas, abordamos
un taxi de tracción animal llamado pedicab (un bicitaxi, pues) y en el camino el Chuy me fue contando la interesante y triste historia de la cándida Pekín y sus autoridades desalmadas, que en los meses anteriores a las olimpiadas hicieron redadas por toda la ciudad para limpiarla de mendigos, indigentes, vendedores ambulantes y todo tipo de miserables y desharrapados que estropeaban las calles con su mera existencia. ¿A dónde los fueron a botar? Sólo dios y el tao sabrán, pero el caso es que al mejor estilo panista, el jefe de la policía pekinesa eliminó la pobreza de la capital de un plumazo y le dio una manita de gato para que los turistas no vayan a pensar que en China hay pobres y feos. Me contó también que como los pekineses, en general, se comportan en la ciudad como si estuvieran en una pulquería, las autoridades implementaron campañas para educar a la raza en asuntos tales como no ir al baño en la vía pública, no escupir en todas las direcciones y hasta sonreírles a los desconocidos, especialmente si éstos son turistas. Cuando nuestro taxi ecológico abandonó la avenida Chang, una de las más importantes de la ciudad, según entiendo, y comenzó a internarse en los famosos hútòng, me sentí transportado a una de esas películas de Jet Li en las que mil chinos pelean contra otros mil chinos para vengar la muerte de su maestro shaolín, y me congratulé por poder ver con mis propios ojos un mundo ancestral que desaparece rápidamente ante el arrasador empuje de los shopping malls, los edificios de oficinas y las enormes unidades habitacionales de color gris que brotan como hongos por todos lados.
Y de lo que pasó con el revendedor, el Chuy y las olimpiadas, daré cuenta en la siguiente entrega…

Siguiendo las instrucciones que me dio un amigo que ha estado en China varias veces, salí caminando del aeropuerto para tomar un taxi en la calle. Igual que en los aeropuertos de México, tomar un taxi en el aeropuerto de Pekín –vamos a llamarle así por el momento– sale más caro que comprar un coche usado, cuando tomar uno en la calle resulta hasta barato, con la ventaja de que en Pekín no corres el riesgo de amanecer encajuelado en algún lugar de Iztapalapa. En fin, que paré un taxi que pasaba por ahí y al subirme el chofer me pasó un teléfono celular, en el que una voz femenina me preguntó en un inglés perfecto con acento británico a dónde quería ir. Le dije que tenía una reservación en el Leo Hostel –a menos de un
kilómetro de la plaza Tiananmen y de a 5 euros la noche en habitación compartida con otros tres pelados aún por conocer– y ella me pidió que le regresara el teléfono al chof. Sin decir palabra, el taxista me condujo por las atestadas calles de Pekín, que todavía no acababa de tornarse en la región más transparente del aire como lo prometieran en su momento las autoridades chinas, y que tiene un tráfico como el del DF en horas pico. Afortunadamente, el chofi era un digno representante del gremio y, metiéndose por todo tipo de atajos y callejoncitos, me depositó enfrente de mi modesto hostal en un tiempo récord de treinta y cinco minutos, por la mínima cantidad de 20 Re Mi Bis (yuanes), que vienen siendo como treinta pesos mexicanos.Esta es la tercera vez que cubro un evento deportivo especial; he ido a dos mundiales (Japón-Corea y Alemania), pero esta es mi primera olimpiada. Asistí a los mundiales como enviado especial de la revista especializada en futbol El Clásico Pasesito a la Red, que se negó en esta ocasión a patrocinar mi aventura oriental luego de la penosa descalificación del equipo tricolor. Sin embargo, la unión de tres poderosos medios alternativos –El Chamuco, El Sendero del Peje y El Ocservador– que sucumbieron ante la tentadora oferta de que yo comprara mi propio pasaje de avión con millas de tarjeta de crédito, a cambio de que ellos me consiguieran la acreditación y me cubrieran lo de los viáticos –como soy de sector popular, salgo baratito–, hizo posible el viaje.
Una vez instalado en mi habitación del Leo Hostel, bañado, más o menos descansado y bastante hambreado, salí a la calle en busca de algún lugar donde comer. A pesar de la acelerada modernización de la capital china, los precios de la comida y de los servicios todavía son bastante razonables. Un amigo me contaba que en ciudades como Shanghai los precios pueden ser ridículamente altos –ocho dólares por un café americano pinchón, me dijo–, pero que en el resto de China encuentra uno de todo –en las provincias y en el campo especialmente–, las cosas en general son bastante baratas y los salarios también bastante bajos. El lugarcito al que me metí a mover el bigote era una especie de sótano, oscurón y apretujado de nombre ilegible, en el que no había muchos comensales. Sin que yo tuvie
ra que ordenar nada, los platos empezaron a llegar a mi mesa a manos de un viejito chino, de trenza blanca hasta la cintura y toda la cosa, que fumaba incesantemente sin miedo a ningún reglamento anticancerígeno. Después de que lo primero que me metí a la boca (algo que parecía un huevo cocido de color amarillo verdoso) se me quedara pegado en el paladar durante algunos minutos, decidí ser más cauteloso con el resto de los platillos. Fuera del arroz y el té, no sé hasta el momento qué fue lo que ingerí (de una cazuela de champiñones emergió, en cierto momento, una especie de pollo negro), pero estuvo bastante bueno y abundante. Caminé hasta la plaza Tiananmen (de cuyas masacres no quería acordarme) y deambulé durante un rato por los alrededores de la Ciudad Prohibida, hasta llegar al punto en donde debería encontrarme con la persona que supuestamente me entregaría mi acreditación para la inauguración en el magnífico estadio olímpico conocido como El Nido. Como el fulano contactado semanas atrás por internet por un conocido de Federico Arreola, jamás apareció, tuve que regresar al Leo Hostel con la panza todavía llena, maldiciendo en español y en chino al mismo tiempo y con la urgencia de conseguir un pinche boleto para el evento más solicitado del mundo entero. Afortunadamente para mí, el mexicano mundialmente conocido como Chuy resultó ser un estuche de monerías; llevaba meses viviendo en Pekín, negociando una especie de tratado de libre comercio con una asociación de comerciantes chinos, a los que planeaba comprar ropa y calzado para surtir tiendas en el DF y Guadalajara, si estos a su vez le compraban productos mexicanos que iban desde molcajetes y escobas (no de las de plástico sino de las de carrizo) hasta mole poblano y productos alimenticios misceláneos. Luego de oír mi triste historia, Chuy le llamó por celular a uno de sus contactos chinos y, en menos de media hora, el asunto estaba arreglado. Al día siguiente, por la mañana, iríamos a un hútòng (callejones tradicionales que eran muy comunes en Pekín y que hoy se encuentran en peligro de extinción) para encontrarnos con un amigo de su amigo, que algo tenía que ver con alguien que trabajaba en el estadio olímpico y que tenía un par de boletos a la venta. Chuy vendría conmigo para enseñarme un poco de la ciudad y evitar que el revendedor me viera la cara de chino o, más bien en este caso, de mexicano. Aliviado, a pesar del cambio de horario, la llegada de los holandeses borrachos a las tres de la mañana y la cena que aún permanecía intacta en mi tracto digestivo, dormí a pierna suelta.Aprovecho esta pausa para comentar a los lectores que las fotos que acompañan este reportaje ilustrado son escasas y malas, debido a que mi cámara fue robada unas horas después de pisar territorio chino. La culpa fue mía en parte, pues le pedí a un fulano que me tomara una foto en
el Palacio Imperial, y le dije que se hiciera para atrás hasta que saliera todo el edificio en el cuadro, y tan atrás se hizo el cabrón que cuando se echó a correr jamás lo puede alcanzar. Así que tuve que pedir a colegas, compañeros de cuarto y turistas en general me compartieran algunas de sus fotografías, en lo que me compro otra camarita… o en lo que algún despistado me pide ayuda para que le tome una foto. Tarde me vine a enterar que en Pekín hay que andarse con cuidado, que sí hay robos, asaltos y secuestros, que a los taxistas se les olvida prender el taxímetro y te cobran el doble o el triple de la tarifa real y que hay billetes piratas de 50 y 100 remibis circulando alegremente por la ciudad. En una casetita de información para turistas me dieron un tríptico en el que sugieren anotar el número de serie de los billetes con los que vas a salir ese día a la calle, por si algún taxista o mesero te lo quiere cambiar por un billete patito. Las habas, pues, se cuecen en México y en China.Por la mañana, Chuy, que para entonces además de mi hermano se había convertido en mi protector y guía de turistas, me llevó a desayunar a un restaurante mexicano ubicado en el corazón de lo que parecía ser la versión china del barrio de Tepito. El dueño del restaurante El Azteca es un poblano llamado Juan (obviaré las bromas sobre la comida china-poblana por facilonas), que llegó a Pekín hace un par de años para estudiar chino y decidió probar suerte poniendo una fondita que, dadas las condiciones y las distancias, sirve algunos platillos mexicanos más auténticos que otros que he probado en Los Ángeles, San Antonio y Chicago, y unos chilaquiles bastante decentes, que nos empujamos con unas reparadoras coronitas heladas. Después del memorable atracón digno del “Jamaicón” Villegas, abordamos
un taxi de tracción animal llamado pedicab (un bicitaxi, pues) y en el camino el Chuy me fue contando la interesante y triste historia de la cándida Pekín y sus autoridades desalmadas, que en los meses anteriores a las olimpiadas hicieron redadas por toda la ciudad para limpiarla de mendigos, indigentes, vendedores ambulantes y todo tipo de miserables y desharrapados que estropeaban las calles con su mera existencia. ¿A dónde los fueron a botar? Sólo dios y el tao sabrán, pero el caso es que al mejor estilo panista, el jefe de la policía pekinesa eliminó la pobreza de la capital de un plumazo y le dio una manita de gato para que los turistas no vayan a pensar que en China hay pobres y feos. Me contó también que como los pekineses, en general, se comportan en la ciudad como si estuvieran en una pulquería, las autoridades implementaron campañas para educar a la raza en asuntos tales como no ir al baño en la vía pública, no escupir en todas las direcciones y hasta sonreírles a los desconocidos, especialmente si éstos son turistas. Cuando nuestro taxi ecológico abandonó la avenida Chang, una de las más importantes de la ciudad, según entiendo, y comenzó a internarse en los famosos hútòng, me sentí transportado a una de esas películas de Jet Li en las que mil chinos pelean contra otros mil chinos para vengar la muerte de su maestro shaolín, y me congratulé por poder ver con mis propios ojos un mundo ancestral que desaparece rápidamente ante el arrasador empuje de los shopping malls, los edificios de oficinas y las enormes unidades habitacionales de color gris que brotan como hongos por todos lados.Y de lo que pasó con el revendedor, el Chuy y las olimpiadas, daré cuenta en la siguiente entrega…


6 comentarios:
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NO CABE DUDA, QUE LA MEJOR MANERA DE CONOCER UNA CIUDAD DISTINTA A LA NUESTRA SE HACE AL ESTILO MEXICANO, SU HUMOR HACE QUE LAS OLIMPIADAS Y EL LUGAR DONDE SE LLEVA A CABO RESULTE SUMAMENTE INTERESANTE Y DIVERTIDO, ESPERO MAS NOTICIAS SOBRE ELLO. ¡¡FELICIDADES MUY BUENA NOTA!!
P.D. ENSEÑÉNLES A TELEVISA Y TV AZTECA POR FAVOR
Tanta euforia desperto este blog, que hasta el spam dejo tres comentarios; ojalá le vaya bien, y no venga con que a bolsita la chucharon
Espero que esta competencia le ponga en la madre a las televisoras. Siga así.
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